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"SOMOS DISCIPULOS MISIONEROS"
Mons. Ricardo Centellas
Los pueblos de América Latina y el Caribe viven hoy una realidad marcada por grandes cambios que afectan profundamente la manera de vivir; tenemos cantidad de bautizados que no están suficientemente evangelizados, estas y otras razones provocan un debilitamiento de la vida cristiana en el continente, por supuesto, también en Bolivia. Para responder a esta realidad, el acontecimiento eclesial de Aparecida, nos convoca a relanzar nuestra evangelización para que sea mucho más misionera, recordándonos que no acumulemos esfuerzos en hacer grandes programas y estructuras, sino en generar hombres y mujeres NUEVOS que renovando su encuentro personal con Cristo sean capaces de presentar la vida de Jesús en todo ambiente. En este contexto les invito a reflexionar y meditar sobre la identidad cristiana en nuestra condición de ser discípulos misioneros en virtud de nuestro bautismo. Vivir incorporados a Jesús. Obediencia filial al Padre, docilidad al Espíritu. Tenemos el llamado constante de profundizar nuestra relación con Jesús, ser cada vez más estables en nuestro compromiso de trabajar en su estilo y no perder el entusiasmo en nuestro servicio para vivir como discípulos misioneros. Ustedes han trabajado las distintas fichas de preparación al V Congreso Nacional Misionero. La primera ficha presenta nuestro tema: Somos discípulos misioneros. Destacando la responsabilidad del discípulo misionero que tiene la necesidad de escuchar el llamado permanente de Dios Padre, aprender el estilo de vida de Jesús y anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones. Con preguntas que cuestionan nuestra vivencia cristiana: ¿Quién es el discípulo hoy? ¿Qué deberíamos hacer para vivir con mayor conciencia y responsabilidad nuestro ser discípulo? ¿Qué actitudes de Jesús deberíamos asumir hoy en nuestro servicio misionero? Con algunas consideraciones bíblicas quiero invitarles a perfilar algunas características del discípulo misionero hoy:
En Mateo 28,19 dice: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos…” Vayan y hagan discípulos… Esta es nuestra tarea, hacer que surjan discípulos en nuestros lugares de servicio pastoral y en la sociedad actual. Hacer discípulos no quiere decir que un grupo vaya a enseñar a otro que no sabe, sábado por la mañana catecismo en la parroquia, no; es otra cosa, es algo mucho mayor, no es cuestión de exponer algunos contenidos, no. Tampoco de aumentar el número de participantes de nuestros grupos y comunidades, no se trata de conquistar personas. Se trata de trabajar para que en nuestro medio haya hombres y mujeres de Dios. Es una tarea difícil y muy delicada. El discipulado implica entrar en la experiencia de la irrupción de Dios en la vida del hombre. Cuando realmente, Dios entra en nuestra historia, todo cambia y de manera definitiva y uno comienza a pensar y actuar de diferente manera. No con la nostalgia de lo perdido, sino con el Gozo de vivir con Dios.Entonces la misión de hacer discípulos es lograr que existan personas que hayan experimentado la presencia transformadora de Dios en sus vidas y con ese convencimiento proclamen al mundo de hoy que Dios está actuando, está presente en el mundo y no ausente. -Son fuertes los SIGNOS hoy de la ausencia de Dios (Materialismo-Capitalismo, Secularismo).-Personas que hayan descubierto el gran amor de Dios en la encarnación de su Hijo para nuestra salvación. Aceptar esta realidad es cuestión de Fe, por eso el Discípulo-Misionero, es hombre y mujer de Dios. Hay que mostrar al mundo no de manera ocasional sino permanente, como discípulos misioneros, que sin Dios no podemos vivir, porque somos testigos de su acción en nuestras vidas y en la de nuestros pueblos. Es más, sólo con Dios hay vida verdadera, sin Dios nos vamos al abismo; porque “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado” (G.S. 22) Como discípulos misioneros estamos llamados a fomentar permanentemente el encuentro personal y comunitario con Cristo, con la finalidad de que sea un encuentro que posibilite la modificación de nuestra conciencia, hay que despertar la conciencia que en muchas ocasiones está dormida. No me encuentro con Jesús, solamente, para pasarla bien un momento y sentirme a gusto conmigo mismo y con los demás. En estos tiempos habrá muchos cursos sobre el discipulado, cuidemos que no se reduzcan a una mera actividad académica o informativa.Cada encuentro con Cristo conlleva un compromiso y exige practicar el espíritu de las bienaventuranzas. Jesús cuando enseña no nos llena de conocimientos, sino fundamentalmente hace emerger en nosotros una nueva conciencia, una nueva actitud y una nueva motivación. Que este Congreso Nacional sea significativo en nuestro caminar cristiano para que demos pasos concretos en la formación de discípulos. Cuidemos que el Encuentro con Jesús no sea superficial, esporádico, más bien nos ayude a superar el divorcio Fe-Vida.
En Mateo 5, 13 dice: “Ustedes son la sal de la tierra”. En todo tiempo, pero especialmente cuando vivimos circunstancias históricas difíciles, como la nuestra, uno dice: ¿De dónde me agarro, dónde me apoyo?. A nosotros discípulos misioneros, Jesús nos invita para que seamos capaces de crear una nueva historia, una nueva sabiduría que puede convertir la tierra en un lugar donde surgen nuevas alternativas de vida. Cada uno de nosotros somos responsables de generar un nuevo modelo de vida, y no seamos simples continuadores y meros repetidores de modelos que el mundo nos va entregando de generación en generación. Hay que vivir una vida de acuerdo a los valores del evangelio.
En Mateo 5, 14 dice: “Ustedes son la luz para este mundo” Esto es serio. Estamos convocados a ser luz con nuestras buenas obras en medio de tantas tinieblas. Eso requiere tener la claridad suficiente para poder discernir convenientemente, en toda circunstancia, a favor de la vida. En este sentido, el discipulado no es una cuestión ambigua, no puede ser testigo de la vida y de la muerte, sino una persona que hace una opción fundamental y asume el compromiso de ser testigo del evangelio de la vida. Hay que ser defensores perennes de la vida, promotores de la vida, ser gestores, promotores de la vida. Como discípulos misioneros, ante la nueva cultura que vivimos no podemos acomodarnos y seguir adelante, no. Si, por ejemplo, el ejercicio de la libertad personal esta por encima de todo, y uno siempre tiene derecho a elegir, como resultado tendremos la liberación de todo marco normativo, ya sea semántico, ontológico, político, moral, social, cultural y religioso. Como consecuencia reina el caos en la sociedad y se paraliza el progreso y la humanización del hombre. No solo se paraliza, se destruye la humanidad. No podemos prolongar la forma de vida donde el placer, el poder, el dinero y la conveniencia son los máximos. Hay que luchar para que en la vida, el amor sea más fuerte que el odio, la paz más buscada que la violencia, la verdad que esté por encima de la mentira y la justicia sea referencia principal para todos nuestros actos. Por eso, hacen falta hombres y mujeres NUEVOS, que encarnen con todas sus fuerzas la vida de Jesús y estén decididos a iniciar una identidad nueva que sea capaz de revertir el rumbo de nuestra sociedad. Como Iglesia discípula misionera, todos los bautizados laicos, vida consagrada y clérigos estamos llamados a asumir este gran desafío evangélico y de la Iglesia latinoamericana.
En Marcos 8, 34 – 35 dice: “Llamó no solamente a sus discípulos, sino a toda la gente, y les dijo: Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues, quien quiera asegurar su vida la perderá; y quien sacrifique su vida por mí y por el Evangelio, se salvará”. Ser discípulo de Jesús es unir nuestra existencia a su manera de existir. No es solo verlo, contemplarlo de lejos, es entrar en su vida. Es coexistir con Él. Por lo tanto, no es cuestión de aprender algunas cosas, de hacer algunas actividades, sino de establecer una íntima comunión. Compartir su destino de vida, sus ideales y su misión que consiste en liberar al hombre de toda esclavitud y hacer visible la manifestación del Reino en este mundo. Negarse a sí mismo es una frase bíblica muy profunda. Es llegar al descubrimiento de ser habitado por una presencia inmensa. No se trata de que uno desaparezca; es cuestión de que uno abra un lugar en su vida para que alguien entre y habite tan profundamente que se convierta en una presencia ineludible. En definitiva, consiste en dejar entrar a Dios en nuestras vidas y Dios entra, no como cualquiera, sino como alguien que mueve toda la estructura vital. Este es un cambio desde Dios, no desde intereses humanos. Con la presencia de Dios en nuestras vidas hay una nueva edición de ser humano que solo puede manifestarse en la comunión con el Padre. Todo puedo hacer, pero, no todo agrada a Dios. Negarse así mismo significa romper con las propias ideas que no están en comunión con Jesús y con las ideas que impiden el crecimiento del proyecto de Dios. Es no dejarse determinar por el pensamiento meramente humano, sino apoyarse y encausar la vida con el pensamiento de Dios. Tomar la cruz y no tanto cargar la cruz porque los pecados no se quitan a golpe de sufrimientos; sino por la cercanía misericordiosa de Dios nuestro Padre. Tomar la cruz se refiere a un modo de existencia. Hay que vivir en conformidad con la voluntad de Dios. A Jesús tuvieron que matarle las autoridades porque no pudieron convencerlo de que había otra forma de vivir. -A veces nosotros, fácilmente somos convencidos por otra forma de vivir-. Lo crucificaron porque no podían vencerlo. Se convirtió en una amenaza con su modo de vivir. Pero para eso, realmente hay que estar convencidos de lo que somos, hay que tener razones suficientes para ir adelante, para ser Discípulos Misioneros. El discípulo que quiera ir detrás de Jesús no puede ignorar la cruz, porque es un elemento necesario en su seguimiento. No hay seguimiento de Jesús sin la experiencia de la cruz. Por lo tanto, tomar la cruz significa asumir una vida fiel al Evangelio, que de frente al mundo es una revelación incontestable, tan clara que para nadie es desapercibido, como ha sido la misma vida de Jesús. Una vida totalmente coherente y transparente, que causará muchas incomodidades, pero es lo que el Señor nos pide, porque somos discípulos misioneros entregando la vida por amor entregando nuestras vidas al servicio de los hermanos, de los demás. También implica descender de la cruz a tantos crucificados por el sistema actual, denunciando las causas que provocan esta inequidad social (paradoja Latinoamericana: Somos millones de cristianos y al mismo tiempo hay millones de pobres) marcada por millones de pobres y excluidos. Oremos hermanos para que este Congreso nos infunda un espíritu nuevo para que el anuncio profético de la persona de Jesús no se detenga, al contrario se multiplique en nuestra sociedad.
Dios nos bendiga.
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